Disney abre de nuevo el grifo de las licencias

El nuevo acuerdo con Netflix confirma el regreso de un modelo que las guerras del streaming parecían haber enterrado: licenciar vuelve a ser rentable.

Las guerras del streaming se desarrollaron sobre una premisa aparentemente incuestionable: el contenido debía ser exclusivo. Disney la siguió a pies juntillas cuando retiró su catálogo de Netflix para convertirlo en uno de los principales reclamos de Disney+. Casi una década después, la compañía está recorriendo el camino inverso. Su nuevo acuerdo de licencias con Netflix demuestra que, para una major de Hollywood, en un mercado saturado y sometido a una creciente presión por la rentabilidad, encerrar el contenido dentro de una única plataforma no es la mejor de las ideas.

Disney acaba de tomar una decisión que ejemplifica la necesidad de desandar uno de los mantras que defendió con convicción durante las guerras del streaming: la exclusividad de su catálogo. La compañía acaba de anunciar un acuerdo marco de licencia que llevará una amplia selección de sus películas y series de televisión a Netflix. Entre los títulos se encuentran contenidos de catálogo (con clásicos como Felicity, Revenge, This is us, películas de Pixar o la saga Ice Age) y programas actualmente en emisión, como Percy Jackson y los dioses del olimpo. El acuerdo, además, no será en exclusiva ya que los usuarios podrán seguir viéndolos en Disney+.

La jugada es un win win para ambas partes. Netflix se hace con títulos estratégicos para su catálogo, ya que se incluyen propiedades intelectuales conocidas, clásicos de los 90 y los 2000 (que en la actual ola de nostalgia pueden conectar muy bien con la audiencia) y varias series de televisión de recorrido exitoso con muchísimas temporadas (algo muy efectivo para fidelizar clientes).  Es, en definitiva, un contenido muy atractivo porque, además de una base sólida de audiencia de partida, reduce significativamente el riesgo inherente al lanzamiento de un programa nuevo. Y ello por una fracción de lo que costaría desarrollar una oferta similar en magnitud dentro de la casa.  Disney, por su parte, consigue una inyección de dinero inmediata, una ampliación considerable del público de sus franquicias y un mayor alcance de series que todavía están en emisión, lo que servirá de palanca de suscriptores hacia Disney+ cuando llegue la nueva entrega.

La operación parece una novedad. Y en parte es así porque durante casi diez años la lógica ha sido muy distinta. En 2017 Disney decidió retirar sus contenidos de Netflix para preparar el lanzamiento de Disney+. El movimiento respondió a una revelación que el entonces CEO, Bob Iger, tuvo una mañana frente al espejo. Vender su catálogo a Netflix, reconoció en una entrevista, había sido como “venderle armas nucleares a un país del tercer mundo”. Sí, Netflix pagaba mucho dinero periódicamente por esas licencias, pero ellos pagaron mucho más. Ese contenido facilitó, en gran medida, que la compañía alcanzase una escala con la que difícilmente podían competir. Por eso la exclusividad se convirtió en el nuevo mantra y el grifo de las licencias se cerró a cal y canto. Quien quisiese ver contenido de Disney, que contratase Disney+.

Las cosas han cambiado bastante. Con un mercado cada vez más saturado, el modelo Netflix de OTT que todo el mundo intentó replicar (crece rápido, produce mucho e invierte grandes sumas de dinero en talento) ha resultado ser particularmente ineficiente para las majors. Las licencias, especialmente en el caso de compañías con muchas líneas de negocio y especializadas en franquicias, son infinitamente mayores a las de la exclusividad. Además de dinero, permiten impulsar los títulos a una nueva masa de espectadores. Y, sobre todo, amplían la vida comercial del contenido en lugar de encerrarlo en los confines de una plataforma, en donde muchas veces lo máximo a lo que se puede aspirar es a la amortización. Además, la perspectiva de un recorrido comercial largo influye en la propia viabilidad de los proyectos y consigue multiplicar sus beneficios mediante una estrategia tan simple como ampliar su distribución a diferentes canales y soportes. Netflix también gana mucho con esta reactivación en el flujo licencias: amplia su catálogo con activos estratégicos con mucho menos riesgo que el que comporta el lanzamiento de una producción original.

El mismo audiovisual que hizo una huida hacia adelante a finales de 2010 ahora evoluciona mirando hacia atrás, recuperando un modelo con décadas de historia que se tildó de obsoleto pero que, en la práctica, ha demostrado ser el único con verdadera lógica financiera.

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