La corporación pública británica estudia abrir iPlayer a los creadores y utilizar algoritmos que prioricen los valores del servicio público frente al engagement.
La influencia de YouTube sobre el sector audiovisual va mucho más allá de la batalla por la atención de la audiencia. Está siendo, también, fuente de inspiración. La BBC es el último ejemplo. Su director general, Matt Brittin, ha planteado transformar iPlayer en una plataforma abierta a contenidos de creadores y dotarla de un “algoritmo de servicio público”. La idea no es copiar sin más a YouTube, sino trasladar algunas de sus principales señas de identidad a la filosofía de la radiotelevisión pública. El calado de esta transformación es evidente. Convertiría el algoritmo en un nuevo programador y obligaría a la BBC a redefinir su papel como editora y distribuidora dentro del ecosistema de plataformas.
La creciente hegemonía de YouTube en el sector audiovisual está provocando un cambio interesante en la forma en la que los medios de comunicación tradicionales plantean su estrategia a medio y largo plazo con sus audiencias. La célebre plataforma se ha convertido en fuente de inspiración para cadenas y servicios bajo demanda, tal y como evidencian tanto la réplica de sus formatos, la captación de creadores o la adaptación de algunas de sus señas de identidad. El último ejemplo en este sentido viene de la mano de la BBC. Su director, Matt Brittin, planteó durante una intervención en el Festival de Televisión de Edimburgo abrir iPlayer a contenidos generados por el usuario, al más puro estilo YouTube.
Resulta curioso que esta propuesta venga, precisamente, de un ejecutivo que con anterioridad estuvo al frente de Google Europa durante más de una década. Brittin es muy consciente de la necesidad de reevaluar hasta qué punto las estrategias editoriales del ayer lograrán construir una relación estable con las audiencias del mañana. El director de la BBC también defendió la idea de crear un “algoritmo de servicio público” para la recomendación de contenidos, libre de los intereses comerciales de las empresas tecnológicas estadounidenses. No se trata tanto de que la iPlayer se convierta en YouTube sino de que se abra a creadores y desarrolle una alternativa pública a su lógica algorítmica, con el objetivo de recuperar el territorio que, poco a poco, le han ido arañando otras plataformas competidoras.
El concepto del algoritmo de servicio público cuenta con varios años de recorrido. En Europa lo hemos visto en corporaciones públicas como la sueca Sveriges Radio o las belgas RTBF o VRT. En la propia BBC ya existen antecedentes. En 2019 James Purnell, que por aquel entonces era director de Radio y Educación de la BBC, anunció que la corporación estaba desarrollando algo parecido para BBC Sounds. La idea era superar la lógica comercial que suele guiar a la mayoría de los algoritmos. En lugar de ofrecer continuamente lo que al usuario le gusta, buscaban sorprenderlo, ampliar su horizonte y exponerlo a diferentes puntos de vista. El objetivo era neutralizar las burbujas de filtro y las cámaras de resonancia que campan a sus anchas de redes sociales y en el propio YouTube.
Lo más interesante de la propuesta de Brittin es que su doble vertiente. Además de cambiar la forma en que iPlayer recomienda contenidos (con unas lógicas algorítmicas diferentes) plantea transformar lo que iPlayer es en la actualidad, dando a los creadores acceso no solo a una plataforma de distribución sino también al prestigio que esa marca lleva asociado. La BBC, por tanto, estaría convirtiendo su confianza institucional en infraestructura para creadores.
Pero ¿realmente es posible convertir iPlayer 2.0 en una especie de YouTube público? ¿Es viable abrir el contenido a terceros y, a la vez, mantener los estándares de la BBC, más exigentes que los de YouTube? ¿Aceptará el usuario un algoritmo que, lejos de optimizar el engagement o el tiempo de visionado, apueste por los objetivos de servicio público, como informar, educar y entretener? No hay que olvidar que la escala de YouTube ha sido posible en gran medida porque la plataforma no ejerce sobre cada vídeo el mismo control editorial que una televisión ejerce sobre aquello que emite.
Brittin plantea una propuesta que adapta dos funciones históricas del broadcasting público (la función editorial y la función de distribución) al entorno de plataforma. Es decir, la todopoderosa BBC dejaría de ser la única productora/editora de aquellos que distribuye y el algoritmo ocuparía el papel de programador, aunque bajo supervisión de los valores que determinan qué y quién obtiene visibilidad. He ahí el verdadero desafío: demostrar que una plataforma como la BBC puede combinar las lógicas de YouTube con los principios de servicio público.
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